La luz 1

Noche que no difiere de la noche sino en el filo de la luz
que deja la cortina al separarse de la ventana abierta en breves ráfagas.
Noche cerrada afuera y silenciosa. Las húmedas tinieblas solapadas
por la humedad graciosa del verano forman la habitación, la desfiguran.

O acaso la vista cansada instrumente su danza personal y en la distancia
componga con las sombras y las luces una coreografía de tinieblas.
La noche infunde un miedo gracioso, como presentimiento de una culpa,
en el vislumbre tímido de un recuerdo difuso o en el desbordamiento…

La noche es carne viva tajada por un filo de palabras, un golpe de memorias inconexas,
un sentimiento abrupto ornado de nombres y cuerpos. Una hojarasca,
conciencia de pérdidas, que gotea en la cama su polvo de siglos, ya láminas óseas,
refugio del guerrero en el paisaje árido de las batallas inconclusas…

Desde ayer las preguntas se acumulan en la trama corporal para representar una tragedia
sin que funcionen los planes de evasión ni su costumbre: ni el frotamiento ni el disfraz
ni la rocosa parafernalia del discurso o su revés rocoso ni, menos, la garantía de lo probable
surten efecto ante la noche brava e interior que respira como muerte menor y lapidaria…

Por primera vez en muchos años recuerdo el patio de la casa paterna,
pero mis pasos dan a otros jardines, al cerrado de un cuerpo que descansa
y que es la noche vertida entre las sábanas y la imaginación, como tinieblas que dicen
que no habrá amanecer, que ya es la noche real e interna.

Aunque sea julio y una tarde lluviosa desguace la ciudad,
aunque sea la bautismal cama amatoria de noviembre;
aunque sea un febrero de cafetales y verduras, aunque sea
la infinita, playa de mayo del sueño infantil… será la noche.

La despoblada realidad del alma, ajena a las bondades de la carne
y el espíritu; sumida en el insomnio, en la escalera vana
de no poder nombrar la rosa y que aparezca,
y en la adusta resignación que nada espera, sino la noche real…

La de inventar al asno que se aposenta junto al miedo,
y dice la frase gastada, volcado en la cama como en un desierto,
esperando la noche moderada: el dolor físico o la pesadilla desastrosa
que lo saque de la cama y lo separe de su alma, para siempre oscura…

Manuel Andrade

Axé.

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