La luz 2

Una mirada se aproxima a un deslinde de líneas verticales,
mas carece de la certeza del acero en la cuchilla
y del placer que circuye al agua fresca en el canto de las piedras;
se aleja sofocada de la experiencia diaria e inventa en el balcón un pasadizo.

Percibe, fraudulenta, la perenne virtud de un torso blanco
sobre la tristeza de los días, como si la acumulación de cansancio y de óxido pudiera
abrir una botella y olvidar el precipicio de la tarde, almena y palomar, nubes y gárgolas:
necedad que se extiende en la ventana si el pasado tutelar se abre telúrico…

La mirada se divierte al advertir su error pero no frena
porque supone un mundo a voluntad para representar el drama íntimo:
figura volátil dónde dejar las consideraciones laborales,
rendija lateral, compuesta de cuerpos y felices vidas…

Las piernas abiertas del horizonte dejan ver una línea de arena,
el territorio mojado y sutil que es el sueño cuando es la amada aparecida de repente,
en una mirada que no quiere ver la sola silueta
sino el peso del cobre y su sabor a moneda faltante, a sudor y miseria.

La hilarante profecía de la noche, es una enorme lente
que absorbe el humo en suaves espirales, lo recompone y suple
por acordes marítimos para contar la dulce memoria de los cuerpos,
los detalles magníficos de las altivas camas desbocadas…
¿O qué fue del amor sino el batir constante del mar sobre la playa?
¿Qué imagen, qué sendero ocupó su lugar?
¿Qué artilugio sonoro de labrados pedruscos simuló sus lebreles,
su desorden lingüístico, perverso, y robó la delicia del amor?

Era la tarde escrupulosa y sólida de un cuerpo ambarino que cae como un fruto
en la imaginación de un tallador oblicuo (quizá más recordado
por su risa que por la gracia con que ejecutó, contra la pantanosa claridad
de los ecos pacíficos, una tonada absorta)…

Era la sed nutricia, la balada perfecta, el eterno retorno y su revés de trigo;
era la vasta y noble sabiduría del cuerpo, biológica, nerviosa, el silencio
de sus imperfecciones hilarantes, la música perpetua de la piel,
la rosa cautivada en el concierto frágil de la estrella.

¿Era el amor y su rudeza espiritual, el agua de su negra leyenda, la excesiva
piedad de su violencia heráldica, sin límite ni tiempo?
¿O era sólo su sombra, el recuerdo feliz y lapidario de lo efímero
formando entre oropeles su discurso de lavas apagadas?

¿Una ciudad capaz de ofrecer al viajero cierta hospitalidad coherente,
racional? ¿Un paraíso blanco para ahuyentar a golpes la vejez,
el vómito nocturno, las ansias matinales,
el llanto inexpresable de la esperanza rota…?

Eran sólo la fe y el arrebato, la destreza instintiva de acampar en lo eterno,
de afirmar por la sangre la fuerza de la vida…
Incluso en el pequeño precipicio de su criatura doble.
Sobre todo en la agónica ternura de su criatura doble.

En ese abstracto símil de la muerte, en su jubón precario.
En la marea de la mirada y en la pregunta sin respuesta.
En el invento frágil, necesario, de saberla velamen, fruto, fiesta,
suave pasaje hacia la realidad, espejismo sabroso e incendiario…

Entonces te celebro como a novia primeriza el suspiro y la guirnalda,
bajo una lluvia que repite el olor penetrante de mi tierra, cesta pródiga
de frases aduladoras y necias bajo la cual funge de madre la verdadera tierra,
ingrata, desértica, y la palabra verdadera para cantar el dolor y la ausencia.

Y en la perplejidad del agua ante su líquido desliz,
en el reflejo vago de su identidad apalabrada por el descuido de la luz,
hallar al fin las prendas del amor, su roto aroma,
la humillación y la violencia tras su rostro de signos y ceniza.

Si todo fuera describirte en cada marejada o fuera el estribillo silábico,
con que justificas la precaria raíz, la fortuna, el inocuo ateísmo
como una vanidad intelectual que te reservas para afrontar, tu propia índole culposa.
Si todo fuera mencionar el vacío y gozar de la propia nimiedad…

Mas la vida parece escaramuza ardiente cuando la eternidad la desfonda;
es la nada que te refleja cuando escribes, tu vivienda, y manías, los despojos
que le vas a legar a la posteridad, la ironía con que te gratificas el cansancio,
de un mano a mano entre ceniza y erotismo:

Porque nada perdurará sino el deseo, la oscura cifra, sutil, de su entramado,
el periplo jocundo de su formato lúdico, la maravilla de la vida sola, sin vehículos…
No hay claridad ante el vértigo y es inútil que el oráculo fije las estaciones.
Y más inútil esta certeza de la finitud.

Su cuerpo es el rescoldo del instante, como aguacero perenne y letal…
Porque al final quisieras pasarte de listo y sentarte a escribir, a disfrutar
de un intangible cuerpo memorable, sin la conciencia rota por la muerte,
en un sueño gratuito, milenario…

Manuel Andrade

Axé.

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