La luz 4

Hidra absoluta es el amor, descansa carne y hueso,
bajo la luz terrible del amanecer, más pura y recordada
si más perdida en la silente novedad del cuerpo,
sí más oscura el alma y más dormida su queja…

Pertenezco a una época oscurantista, vana, por eso soy así,
y porque los demonios me infundieron
su escepticismo riente de humo y calavera.
Así, distingo la fibra del amor de su seda frutal.

Pero me importa mucho más la luz, la hermosa luz
que en este amanecer renacentista no nubla la conciencia que la habita,
porque fuma y festeja la cristalina ausencia de los dioses
en la playa de esta ciudad azul y desbocada.

Despierta, para escuchar el lamento fácil del insomne
y la voz nocturna del poeta que canta su amor fibroso y turbio…
Te saludo entonces, te relamo la espalda, te acostumbro a mi ronco proceder.
Te nombro entre la nieve de este dolido invierno sedentario.

Sin voluptuosidad, me entrego a la tarea de darle forma a un canto sin objetos.
Porque la luz, la inquieta, se levanta y borra todo con dedos rosados…
Ah, que tú vieras este amanecer, y sintieras el fuego, el resplandor
que imparte la justicia de la imagen y despuebla el cielo de misterios…

En su negrura de nieve, de heridas, se leen grandes pasiones,
la suma de lo sublime y lo vulgar tocándose las manos debajo de la luz.
Es otra vez su fuerza de tormenta, hecha de nubes, olas y montañas
que son sueños antiguos, labios que se pierden tras un adiós florido.

Cabelleras brumosas de ninfas olvidadas más por necesidad que por disgusto,
y otras sedas gaseosas, como la biografía del náufrago que zarpó de este balcón
para leer en islas otoñales la historia de la magia, y descubrió que no había misterios,
sólo la muerte, por todos lados, todo el tiempo, más blanca que las tumbas…

(Cuerpo que era la muerte, tarde que la vestía, y su sonrisa delicada, al acercarse con el zoom,
tenía el mismo futuro, el mismo suéter, igual resignación, su escritura
dejaba ver huesitos por doquier… y era risueña, sin embargo,
la clave misantrópica robada a la ternura para olvidar su nombre y sus abejas…)

Pero la luz, la luz del día, abría sus esporas delirantes, fraguaba las insólitas banderas,
las pronunciaba en clave y en estruendo, era la vida densa,
haciéndose presente hasta en la luz. Sobre todo en la luz
que sólo viste desde la turbia sombra de mi voz.

En esta luz gozosa que mataba la muerte y esparcía tu rostro, amor, la fuerza de tus labios:
las tensiones marinas de tus piernas, el necio proceder de tus hierbas perpetuas,
el tejido iracundo de la vida como una lucha ciega, como una marejada…
Porque la luz, oleaje y sacudida, era relato barroco y sexual, esta mañana.

En ello estaban comprometidos la oscuridad, los lamentos, los dolores,
la muerte como precio y cuchillada, como premio final
y atroz conocimiento desbordado: el alma, ¡vamos! y sus sensaciones
gratuitas, melosas, lapidarias…

El alma desprovista de dioses y pecados, esa compleja suma,
sucia y radiante en su contorno frágil de líquidos vitales y sueños soterrados,
el alma, sí, brillando a plena luz, con su gangrena, su clamor, su níquel,
su espejo de azucenas y festines, su saciedad y renovado celo…

El alma en vilo siempre soslayada, impura y redimida
por la muerte y su páramo florido, por la vida y su estanque macilento.
El alma era la luz y lo sabía. Por eso señalaba contra el cielo
la ambigua precisión de los placeres y la graciosa flor sobre la tumba.

Te saludo entonces, alma mía, cual si pudieras presenciarte
entre la luz copiosa, si bastara tu gracia para esparcir el miedo y darlo a los durmientes…
Como si una razón, un grito, un hueso, algo más poderoso que la sangre,
menos ridículo que el rezo, una virtud acaso, un vicio cultivado pudiera servir de testimonio…

Como si se pudiera arrancar el velo a la noche y levantar el alma
a que la luz se posara sobre ella, la atravesara de dardos, de labios, de manos…
Ah, que quedaras sobre la ilimitada soledad de la plaza, a plena luz,
sin bordes ni minutos ni mentiras… Que fueras sólo un hálito de luz…

–Manuel Andrade, “Cuartel de invierno”, Fractal n° 24, enero-marzo, 2002, año 6, volumen VII pp. 29-41.

Axé.

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